Recuerdo cuando era yo la que sentía, y lo culpaba por darme esperanzas, o por quitármelas. Hiciese lo que hiciese, nunca hacía lo correcto. Y me enfadaba, porque sabía que para mí lo significaba todo, y me ignoraba, o me besaba a veces, pero no compartía el mismo sentimiento.
Y ahora entiendo por qué le costaba tanto decidirse. Me estoy dando cuenta de que hizo las cosas como mejor pudo, nunca me negó completamente y al final optó por abrirme los ojos. Lo mismo haré yo, supongo... Aunque, en verdad, no quiero perderlo, porque es lo mejor que se me ha cruzado en la vida. Que llegó de casualidad, como una opción más, y resulta que destaca sobre el resto. Ojalá sintiera algo. Una mínima llama, la cual iría avivando con sus detalles, sus sonrisas, sus miradas... Sus miles de cosas que lo hacen diferente.
Pero no hay nada, sólo un vacío que irónicamente está ocupado por rencor, y post-its que me recuerdan constantemente que no merezco estar con alguien tan... perfecto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario