Mi pecho contra tu espalda, mis manos frías escondidas tímidamente en las mangas de mi sudadera, mis brazos te rodean y yo te me pego. Apoyo mi cabeza en tu hombro, mirándote mientras tú no lo haces, aunque me escondo con sigilo por si te da por girarte. En efecto, lo haces, y un hormigueo recorre mi cuerpo desde los pies, que vibran sobre el apontoque de la moto, hasta mis pestañas, que tiemblan y esconden mi mirada para que no se pierda por completo en la tuya. Sigues conduciendo, y yo esbozo una sonrisa mientras juego con los bolsillos de tu chaqueta. Aunque el trayecto sea corto, me basta para imaginar que todos los días sean así, que nos perdamos tú y yo por ahí, a 30 kilómetros por hora, despeinados, y muertos de frío.
Pequeños momentos de intimidad, que me convencen cada día más de que estoy muy cerca de caer rendida.

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